Free Realms en ojos de Guille

Supongo que, a veces, es difícil comprender a un niño, pero nunca tanto como comprender a un adulto. Creen que es normal comentar el tiempo con todas las personas con las que se cruzan ("parece que ha despejado"), sonreír a quienes no soportan o pasarse el día hablando de su trabajo aunque lo odien, y les parece absurdo que un sofá pueda ser un castillo.


Todas las noches, después de cenar y antes de ir a dormir, enciendo el ordenador y vivo en un mundo que ellos no entenderían, uno donde hay hadas, magos, comerciantes; un mundo en el que, para conseguir recompensas, no tienes que hacer algo que no te gusta porque puedes ser lo que tú quieras, un lugar fantástico en el que los viejecitos te dan monedas por entregar paquetes y hay tipos grandes que te premian por encontrar cobre y piedras preciosas. Es un paraíso en el que recorres quilómetros de una aldea a otra, convertido en aventurero, o te teletransportas a un lugar lejano en busca de los ingredientes que tendrás que cocinar. En fin, es un sitio en el que no puede ocurrirte nada malo.



Ayer exploraba una de esas tierras cuando les oí:

- No sé, los críos de ahora se pasan el día jugando a esas cosas, matando bichos; y sin hablar con nadie. ¿No ves la televisión? Lo dicen a todas horas, los niños terminan volviéndose agresivos. Pero como a ti te parece bien…
- Ni siquiera sabemos a lo que está jugando. – contestó mi madre - ¿Por qué tiene que ser violento?
- Claro, estará jugando al tetris.
Ahí acabó la conversación y, poco después, me fui a dormir.


Me desperté a media noche,me levanté para ir al baño y salí al pasillo, había luz al fondo, en el salón. Al asomarme, observé a mi madre frente a la pantalla del ordenador y reconocí aquella música, esa que suena cuando estás en medio de una misión y se te va haciendo de noche. La vi feliz aunque aún era un poco torpe y su hada tropezaba con todo. Di la vuelta, volví de puntillas a mi cuarto y me metí en la cama,de nuevo.




Hoy, en el desayuno, parecía la misma de siempre. Colocaba las tostadas fingiendo que todo seguía igual, sin darse cuenta de que, en realidad, le estaba guardando un secreto. Pero es mejor así; ella también tiene derecho a ser niña, aunque solo sea mientras el resto de los niños estamos durmiendo.

Guille, ocho años.