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Para los que hayan jugado a Warcraft 3: The Frozen Throne, en World of Warcraft el jugador empieza en el mundo de Azeroth cinco años después de lo acontecido en la expansión de Warcraft. Todos los territorios se encuentran convulsionados y nadie sabe el paradero del caballero Arthas y de Frostmoore. Aunque la vida ha seguido, los restos del Azote se han instalado en la antigua Lordaeron, la Alianza se ha fortificado en Stormwind e Ironforge, el valle de Ashenvale sirve de morada a los elfos nocturnos, mientras que la unión de orcos, taurens y trolls dominan a placer las estepas áridas de Kalimdor. El conflicto es inevitable y las dos facciones en lid no dudarán en agotar hasta el último de sus recursos para exterminar a sus enemigos. Como jugador, deberemos colaborar para tal fin, ya sea evolucionando nuestro personaje mientras colaboramos con los dirigentes de nuestro bando o directamente atacando y conquistando los territorios enemigos para expandir tu imperio.

Ahora bien, hablando propiamente de la progresión de los personajes es de agradecer el trabajo de los diseñadores ya que han conseguido elaborar una fórmula muy sencilla y que permite evolucionar de forma muy intuitiva y descubriendo las historias que esconde el juego. Una vez que empezamos a jugar, la máxima de World of Warcraft es hacer todas las misiones posibles, la mayoría de npc's nos depararán diferentes aventuras dependiendo de sus necesidades y gracias a ellas seremos introducidos a avanzar en nuestra profesión escogida, conseguir equipo que nos ayude o bien desvelar pequeñas partes del extenso trasfondo que tiene el juego. Algunas tareas serán tan sencillas como matar a determinado número de monstruos, otra por ejemplo de ir a recoger la cosecha de uvas a una granja o de entregar información vital entre otras.

A medida que subimos de nivel podemos optar por entrenar nuevas habilidades especiales, ya sean de combate o mágicas, además de poder entrenarnos para usar determinados tipos de armas, como los rifles, ballestas, armas de dos manos, etc, siempre y cuando no tengamos alguna limitación por nuestra clase. Ya que sería extraño ver por ejemplo a un paladín imponiendo su fe a balazos de trabuco en vez de con una espada o una gran maza. A partir de nivel 10, se opta a un nuevo tipo de habilidad, los talentos, cada vez que subamos de nivel adquirimos 1 punto con el que entrenarlos. En todas las clases hay tres tipos de talentos, y el uso de los puntos radica como especialicemos a nuestro personaje. Un guerrero podrá optar por potenciar su rama defensiva si lo que quiere es resistir todo el daño posible y servir de cebo para que no hagan daño a sus amigos, o bien en una máquina de matar pero que por contra sufrirá más castigo cuando lo ataquen. O un mago podrá escoger especializarse más en hechizos de fuego, u otro en magia relacionada con el frío. En total son 50 puntos de talentos que se pueden adquirir cuando un personaje alcanza el nivel 60, por ahora el máximo del juego.
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