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Txemix

Capítulo 3. Paciencia

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De camino a la posada, el sol de la mañana trató de reanimarle con sus rayos, aliado con el dueño del anticuario, quien no paraba de hablar sobre alguna banalidad. Se frotó el lado derecho de la cara, sobre el que había dormido, tratando que la sensibilidad volviese a él mediante palmadas de bastante intensidad.


El hobbit de las cuadras les saludó de manera jovial una vez llegaron, aunque Scian no le correspondió, sino que pasó de largo mientras trataba de cruzar la puerta que conducía al interior del edificio. Dentro, el olor a desayuno recién hecho le produjo a la vez náuseas y un hambre atroz, debido con total certeza a anteponer la lectura a sus necesidades. Aún así, se dirigió hacia una mesa vacía (la mayoría estaban ocupadas, entre ellas, en la que acostumbraba a sentarse) y tomó asiento. Su acompañante le imitó, acomodándose delante de él, a la vez que se volvía para encargar su desayuno al atareado hobbit del delantal esta vez algo más limpio.


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-Dime entonces, ¿has encontrado algo de interés? -preguntó, una vez que tuvo delante un plato de huevos con bacon, todavía humeantes.- Así ha debido de ser, para absorberte de tal forma. -comenzó a comer con generosos bocados, predispuesto a no dejar que la comida se enfriase.


-La verdad es que ha perdido gran cantidad de páginas, imagino que no será posible recuperarlas, por supuesto. -Scian arrancó un mendrugo del trozo de pan recién horneado que descansaba en una bandeja en el centro de la mesa. -Sin embargo, lo que me ha tenido la noche en vela ha sido el no poder situar el lugar en un mapa. -masticó con fruición, mientras se servía una jarra de aguamiel.


-Ya sabes cómo son estos documentos, puedes dar por perdidas las partes que faltan. ¿Imposible de ubicar? ¿Habrás consultado los mapas, verdad? Ya sabes que tienes total libertad para hacerlo. -había apurado ya su plato de manera ávida y se echó hacia atrás en la silla, satisfecho.


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Scian alzó las cejas por toda respuesta. Cortó un trozo de queso tierno de generoso grosor, y esperó a tragar para hablar.


-Necesito más información. Y no te ofendas, pero no hay nada en tu tienda que pueda ayudarme. Quizá tenga que consultar algún archivo de los elfos, si es que me dejan entrar con esta pinta. - bebió de nuevo hasta apurar el vaso. - He estado barajando varios destinos, pero la distancia no es el factor del que depende el rumbo.


-Vaya, veo que estás dispuesto a averiguar dónde está ese lugar por todos los medios. - extendió la mano para alcanzar la jarra de aguamiel. - Hoy empezaré con la copia de todos modos.


-Por cierto, tu misterioso cliente, ¿hizo noche aquí? -Scian frunció el ceño, recordando perfectamente al extravagante individuo.


-¿Zimnel? No, estaba de paso. Tengo entendido que le quedaba un largo viaje por hacer hacia su hogar. -dijo, encogiéndose de hombros.


-Una pena, esta mañana me hubiera gustado tener una charla con él. -no tenía sentido hacer más preguntas.


-Ya lo supongo. -respondió, con una risotada, el dueño del anticuario.


El cliente comenzaba a impacientarse. Rebuscó en las profundidades del jubón hasta dar con la bolsa de las monedas, y dejó las necesarias para pagar el desayuno.


-Vamos, si has terminado. Tengo que recoger mis notas y mi caballo. -ya se había puesto de pie, y al momento el hobbit ya había recogido las monedas y limpiado la mesa.


Cuando hubo recuperado su montura dio también una propina generosa al mozo de cuadras, y comenzó a descender la calle, mientras tiraba de las riendas para conducirla calle abajo hacia el anticuario. El dueño de éste se apresuró en alcanzarle, y comenzó a buscar las llaves al tiempo que caminaba, tarea que al parecer no le resultaba nada fácil.

Una vez llegaron, palmeó con delicadeza el cuello del animal para tranquilizarle, y esperó a que la puerta estuviera abierta para subir a por las notas, las cuales por suerte seguían donde las había dejado, junto al libro.

Tomó también la capa y envolvió las dagas en ella, y tomó este hatillo debajo del brazo derecho. En un alarde de flexibilidad, volvió a introducir la mano izquierda en su jubón, y sacó dos relucientes monedas de oro, que entregó al dueño del anticuario, el cual las recibió con efusiva cortesía.


-Gracias amigo, esto es mucho más que suficiente. -y tanto, pero el dinero no resultaba un problema. - Te informaré de cualquier novedad, no te preocupes.


-Eso espero, aunque creo que no voy a estar localizable. -con un leve silbido, llamó al caballo, que acudió dócil junto a él. Puso el bulto de la capa y las dagas debajo de la silla, de tal forma que al montar no hiciese daño al animal, y lo condujo hacia la puerta sur. - Hora de volver a casa.


Como si no hubiesen parado desde que Scian llegó a la ciudad el día anterior, los leñadores cortaban nuevos troncos y el mismo mozo los apilaba junto a la puerta, y otro miliciano regulaba el tránsito de la puerta sur. Montó para comenzar a abrirse paso y pronto estuvo fuera, donde espoleó hasta poner al trote a su montura: necesitaba despejarse.


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Su cabeza ya estaba inundada o más bien desbordada por las ganas de consultar sus mapas y decidir un destino cuanto antes. La crin oscura de su caballo se agitaba, mientras a lo lejos ya se divisaba el vecindario. Todavía a buen ritmo se dirigió hacia los establos, donde abrevó al fiel animal y le acomodó en su cuadra. Recogió la capa cuando extrajo la silla y se encaminó acto seguido hacia su casa.


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No muchos minutos después, multitud de mapas se hallaban extendidos sobre la gran mesa de la estancia principal. El que estudiaba en ese momento mostraba las tierras al oeste de Bree, mucho más al oeste de la Comarca, donde se encontraban las Colinas Lejanas, desde las cuales, se decía, podía verse el mar en un día despejado. Junto a la costa, al sudoeste, la leyenda rezaba “Mithlond”. Scian no era muy ducho en cuanto a los elfos y su cultura, pero recorrer el largo camino que conducía hasta los Puertos Grises, el nombre que recibía Mithlond en la lengua común, no le atraía. Los escasos viajeros de los que alguna vez había oído noticias de esta ciudad siempre hablaban de barcos, astilleros y demás temática naval, temas que hablaban por sí solos acerca de la importancia que tendrían sus bibliotecas y archivos, si es que había alguno.


Había descartado el bosque de Lórien, región de la que sólo poseía mapas inexactos. Además, los elfos que allí habitaban en los últimos tiempos se habían vuelto un tanto huraños, debido a las incursiones que se veían obligados a rechazar de los orcos que bajaban de las Montañas Nubladas. De todas formas, esa inexactitud se debía a que no revelaban a nadie donde se encontraban sus asentamientos, y el camino era si cabe más largo y accidentado, con el aliciente de las escaramuzas entre elfos y orcos. No quería terminar con una flecha en el gaznate, disparada por uno de los legendarios arqueros del Bosque Dorado, o en un caldero, desmembrado, como rica cena para los orcos.

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Dejó escapar un largo suspiro, y fue en busca del mapa del Bosque de los Trolls, que debía su nombre a la notable población de estas criaturas. La ventaja con la que contaba es que sólo tendría que cuidarse de no morir a manos de una criatura salvaje, y llamar la atención lo menos posible. Pocas veces había tenido que desenvolverse en un bosque tan espeso como ése, pero si quería llegar a Rivendel no tenía otra opción. Sopló el polvo que cubría el rollo de pergamino amarillento y comprobó que el emplazamiento de la ciudad estaba en su sitio una vez lo hubo desenrollado.


Aún así el camino sería largo, alrededor de cinco o seis jornadas de viaje en el mejor de los casos, siempre sin contar con las dificultades y contratiempos que seguro encontraría. Siguió con el dedo el trayecto que tomaría. Era el más obvio: seguir el Gran Camino del Este, cruzando las llamadas Tierras Solitarias, guardadas por las ruinas de la atalaya de la Cima de los Vientos y los restos de las fortalezas de Rhudaur. No pretendía hacer una ruta turística, de hecho viajaría de noche hasta llegar al Bosque de los Trolls, donde tendría que cambiar el hábito para avanzar todo lo posible mientras durara el sol. El caballo sería tanta ventaja como preocupación allí, pero ya pensaría qué hacer con él.


No había mucho más que decidir. Comenzó a enrollar el desorden de mapas y recogió el vaso que todavía seguía allí, en cuyo fondo un poso de té había cuajado. Tomó una copia del mapa que iba a utilizar y contempló por un momento fascinado la superficie vacía de la mesa: hacía tiempo que ni siquiera la veía.


Ahora sólo necesitaba provisiones. Fue a la pequeña despensa que tenía junto al dormitorio, donde varios trozos de carne en salazón, bastante añeja, descansaban colgados en sendos ganchos. Corrió a por el cuchillo y cortó raciones suficientes para una semana, al tiempo que buscaba la cantimplora de viaje en el aparador. La llenó de licor de un barril cuya base habría fermentado casi con total seguridad. “Agua” -pensó. Miró alrededor y encontró también su viejo odre, que esta vez, por desgracia, tendría que llenar de agua en vez de cerveza (no disponía de cerveza en ese momento). A toda prisa, introdujo las raciones de carne que había envuelto en un trozo de tela limpio en un macuto de cuero desgastado, así como el odre vacío (ya tendría tiempo de llenarlo) y el mapa.


Ni siquiera había cogido alguna muda. La prudencia, al menos en esos menesteres, no era una de sus virtudes, ni la paciencia tampoco. Se ciñó el cinturón con las dagas de nuevo, así como la capa, y salió de la casa. Cerró la puerta y fue de nuevo en busca de su caballo. Éste relinchó alegre cuando vio que su dueño comenzaba a preparar de nuevo la silla y los aparejos.


-No te quejes, seguro que los elfos te tratan mejor que a mí.

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Actualizado 19/02/2012 a las 12:09 por [ARG:5 UNDEFINED]

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