Capítulo 2. Un buen cliente
por - 12/02/2012 a las 16:19 (228 Visitas)
-¿Cuentos de viejas? Me ofendes, amigo. Sabes de sobra que aquí encontrarás siempre material excepcional. -respondió el dueño del anticuario, con una amplia sonrisa que mostraba una dentadura a la que faltaban algunas piezas.
Una vez terminaron las formalidades, Scian no tardó en ir al grano. No solía perder el tiempo a menos que la situación lo requiriese.
-Bien entonces, ¿a qué esperas para mostrarme esa nueva mercancía? Tienes suerte, te compraría cualquier cosa. -dijo, siempre con una expresión bonachona, que no solía abandonar su cara, sólo cuando leía o no se encontraba de buen humor.
-Por supuesto, Scian. Ven por aquí, pero he de advertirte que sólo puedes consultarlo, ya que es un único volumen y tenemos que copiarlo. Ya sabes, favores entre colegas, debemos apresurarnos antes de que su dueño vuelva a por él.
El gesto de Scian se torció un poco, pero siguió al hombre, quien le llevó hasta una robusta mesa de sencilla composición, sobre la que se encontraba el famoso volumen. No era demasiado grueso: alrededor de un centenar de páginas. Esto resultaba extravagante, ya que los libros de cualquier tipo solían encuadernarse en tomos de grosor considerable, lo que no hacía fácil su lectura, ni su transporte.
-¿Es un diario de viaje? -inquirió, mientras se disponía a tomarlo de la mesa con avidez. El otro hombre le detuvo con un gesto rápido, pero nada brusco, y sostuvo su brazo un instante.
-Por lo que nos han contado, puede que se encuentre en un estado bastante frágil. Cuidado. -con gesto relajado, tomó él mismo la tapa, como si fuera a romperse en cualquier momento, y dejó al descubierto una primera página en blanco.
El papel, raído y amarillento, había visto muchos inviernos, pero denotaba mimo en la preparación inicial, y no protestó ni agrietó cuando se descubrió la página siguiente. La costura de las hojas sí estaba más deteriorada, y algunas secciones se liberaban a veces del lomo, pero la lectura resultaba cómoda, a la vez que nítida, pues los trazos eran claros y de un tamaño aceptable. El idioma empleado era el común, pero aquí y allá había anotaciones o citas en caracteres élficos, los cuales Scian dominaba más bien poco, aunque podía descifrar la totalidad del texto que se le presentara si disponía del tiempo suficiente.
-Entonces, ¿no está en venta? Si es así, al menos podrías dejarme echarle un vistazo antes de que lo copiéis. Ya sabes que mis manos son expertas en estos menesteres, no le ocurrirá nada malo. -había alcanzado a leer alguna frase suelta mientras le mostraba el libro, y su curiosidad crecía a gran velocidad.
-Lo lamento, amigo, pero no es posible. Al tratarse de ti, podría permitirte que lo consultaras aquí mismo. -sabía de sobra que Scian era generoso, pero tampoco iba a mostrarle ese nivel de confianza para acceder a su género.
El cliente meditó un momento, mientras valoraba las opciones.
-De acuerdo. Sólo necesitaré algo de papel y una pluma, no creía que me iba a hacer falta cuando me dispuse a venir, pero tendré que tomar alguna nota. -sonrió, aunque para sí esperaba con inquietud la respuesta, ya que una negativa podría suponer perder la oportunidad de copiar los textos en élfico que tanto deseaba desentrañar. Se recogió la capa hacia atrás, como si se desperezara, pero su objetivo en realidad era otro.
-Confío en que lo cuidarás como si fuera tuyo. -los ojos del comerciante se desviaron un momento hacia los cuchillos que pendían a cada lado del cinturón de Scian, pero si había captado la sutil amenaza no hirió sus sentimientos. Sabía de sobra que debía provocar mucho a su cliente para que empuñara alguna de sus armas, pero la indirecta fue captada. No le haría daño, pero quizá debería dar más tarde una explicación al dueño del libro acerca de su desaparición si le negaba el acceso a consultarlo. -Adelante pues, ponte cómodo, por favor. El papel y demás material de escritura están donde siempre.
Scian se quitó la capa y la dejó en una silla vacía, contigua a la suya, y encima de ésta el cinturón con las dagas. Acto seguido fue al aparador que había en un rincón, y tomó papel y un frasco de tinta, así como una pluma de ganso negra. El mundo entonces se convirtió en algo pasajero y vano para él. Tomó la pluma con la mano izquierda, y pasó el papel y la tinta al mismo lado, mientras con la derecha comenzaba a pasar páginas, tratándolas con máxima delicadeza. “Nada debes tratar con más cuidado que la palabra escrita. Incluso debes poner más cuidado que con las mujeres, pero esto no se lo menciones a ellas, o tu descendencia será nula”, le solía decir su tutor entre risotadas, cuando su padre le había enviado para evitar que fuera un 'ignorante', a bastante temprana edad. No le faltaba razón, pero Scian era demasiado sincero, y ello le había granjeado alguna que otra mala mirada o intento de agresión, aunque él no lo entendía. Siempre decía la verdad.
En efecto, el volumen resultó ser una especie de diario de un individuo cuyo nombre, anotado en el reverso de la tapa superior, resultaba directamente ilegible, al menos para sus ojos inexpertos. Aún así, comenzó la lectura, no sintiéndose decepcionado en absoluto, ya que el narrador resultaba técnico en cada página, aunque a veces simplemente se relataran hechos sin importancia que le habían ocurrido, como alguna visita recibida o alguna memoria de viaje, que aun así ayudaba al lector a situarse de manera perfecta. Encontró asimismo muchas páginas en blanco, que seguramente cumplían el papel de separación entre capítulos, y la lectura era amena en general.
Aún así, empezó a notar irregularidades en el texto, o mejor dicho, una gran irregularidad. La historia se cortaba cuando el escritor y sus compañeros viajaban hacia el norte, “mucho más al norte de las Quebradas del Norte”, y un salto descomunal en la narración llevaba al lector hasta páginas frenéticas en las que se mencionaba la sombra, la sangre y el fuego. Al parecer, se había producido una lucha contra un enemigo que no se nombraba, sólo se daban adjetivos tremebundos referenciándolo, pero parecía que al final se le consiguió derrotar o dominar. Entendía a trozos la historia, y había tomado varias páginas de apuntes en élfico para después examinarlas, pero el argumento le quedaba claro.
Ahora la duda que atormentaba su cabeza era el emplazamiento de aquel misterioso lugar. ¿Elfos al norte de las Quebradas del Norte? Más que inverosímil era imposible. Sintió un pequeño golpe en el hombro que le sacó de su ensoñación: era su anfitrión.
-Querido amigo, ya ha caído el sol, ¿no tendrías que ir a cenar y descansar a la posada? De buen gusto te dejaría aquí toda la noche, sabes que confío en ti, pero… -el hombre se retorció las manos nerviosamente. Intentaba ser amable pero tenía razón, ya era bien entrada la noche.
-¿Has dicho que me dejarías aquí toda la noche? –Scian parecía calmado, pero las respuestas sin resolver le devoraban por dentro.
Minutos después, un preocupado dueño de anticuario cerraba desde fuera su tienda, mientras echaba una última mirada de soslayo a la ventana, donde una tenue luz se podía ver desde la calle.
Scian se sujetaba ahora la frente con las manos, mientras buscaba datos geográficos, por pobres que fueran o alguna referencia que le sirviera para orientarse, y anotando las pocas que conseguía en un papel ya tachonado, que incluso contenía anotaciones acerca de las plantas y rocas que citaba vagamente el diario. Aun sin necesitar mapas, los cuales podía encontrar en su cabeza tan nítidos como en un papel, no dio con la respuesta. No supo cuándo, pero el sueño le atrapó y todo se volvió oscuro por un momento.
Luego llamas, fuego y sombra. Entrechocar de espadas y gritos de batalla, mezclados con voces y quejidos inhumanos. De repente comenzó a ver desde la perspectiva de alguien que se encontraba en la refriega. Fueron sólo unos segundos, pero el corazón le latía a mil por hora, y un sudor frío le empapaba la frente. “Las puertas.”, ordenó en tono seco y sereno una voz a su espalda, y dos robustas hojas de metal se cerraron ante sus ojos. Notó algo en el hombro que lo zarandeaba, pero no podía ser, estaban a salvo tras las puertas…
-Ya hace un rato que amaneció, amigo. Ven, vayamos a desayunar. –su anfitrión parecía menos preocupado al ver que nada le había sido sustraído y que su tienda estaba intacta.
Scian notaba el lado de la cara sobre el que había dormido dolorido por completo: el trozo de papel que había usado como almohada no era demasiado mullido.
-Sí, vamos.
Comentarios
Trackbacks
Total de Trackbacks 0
URL del Trackback:








Enviar por Correo
