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Txemix

Capítulo 1. Cuentos de viejas

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Ensimismado, miraba las llamas de la chimenea del estudio, ajeno a los libros que se amontonaban en total desorden sobre la mesa del rincón. Estaba harto de releer una y otra vez las mismas antiguas historias de los pobres volúmenes que había conseguido adquirir, por si fuera poco, por un precio digno de un asalto a mano armada. Con gesto distraído, pasó la vista por los mapas de la pared, preguntándose si tendría la suerte de encontrar alguno más, a pesar de lo elevado de su coste en las últimas visitas que había hecho a Bree, el único lugar cercano donde podía encontrar un anticuario. Éste, a pesar de su renombrada reputación por aquellas tierras (ningún otro le hacía la competencia), se quedaba muy por debajo de las expectativas exigentes que tenía.

Suspiró, al tiempo que se pasaba la mano por el rebelde pelo rojizo, alborotándoselo. Acto seguido se levantó, mientras dispersaba el fuego de la chimenea con un atizador: no quería encontrarse los escombros llameantes de su hogar a la vuelta.

Fue al dormitorio y se embutió en un flexible jubón de cuero tachonado ya gastado del uso, y tomó una raída pero resistente capa de viaje de tono grisáceo que colgaba de un clavo en la pared. Extrajo de un aparador un trozo de tela en el que estaban envueltas el par de dagas con las hojas engrasadas hacía un par de días que, por desgracia, más de una vez había tenido que utilizar, y una vez comprobó que estaban ya secas se las ciñó al cinto con firmeza. Las hojas de las armas, casi gemelas, eran de alrededor de un palmo de longitud, y las empuñaduras estaban fabricadas con una madera de tono claro, pulidas y perfectamente cómodas para asirlas. Se desperezó, al tiempo que buscaba las botas de cuero grueso y curtido, que debían estar en algún punto de la casa.

Encontró una al pie de una estantería del dormitorio, y empezó a deambular por la casa, tomando de un libro falso la pequeña bolsa con monedas que solía llevar en sus viajes. La otra bota apareció debajo de la mesa de la estancia principal, sobre la que se extendían mapas a medio copiar, algunos con el original enrollado junto a él, páginas de anotaciones y un vaso vacío de la noche anterior.

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Tras realizar todos estos preparativos, salió de la casa, y cruzó el pequeño jardín, con la intención de dirigirse a los establos comunitarios. La tarde, un poco nublada, no impedía que hubiera actividad por el vecindario. Las mujeres volvían del pozo comunitario con agua, un par de niños jugaban a trepar y mantener el equilibrio por las tapias de piedra de los jardines, y se escuchaban incluso las voces de los mercaderes desde la plaza central, quienes anunciaban su mercancía.

Una vez en las cuadras, saludó con una palmada en el flanco a su caballo y lo preparó para el viaje rápidamente. Aseguró la silla y las bridas, mientras el dócil animal no se movía ni un ápice, y lo condujo cuando estuvo listo al exterior por las riendas. El animal parecía agradecer la perspectiva de actividad después de varias semanas de reposo. Su tamaño era ligeramente menor al de los caballos de combate, pero se movía perfectamente por terreno escarpado o boscoso, y el pelaje corto de un tono anaranjado, oscuro en los extremos de las patas, el hocico, las crines y la cola. No había cometido el error de ponerle nombre, ya que evitaba tomar cariño a las cosas. Todo era más fácil así. Se removió de nuevo el pelo, como para asegurarse que seguía despeinado, mientras caminaba despacio con el caballo ascendiendo la calle, de camino a la salida del vecindario, montando en él una vez remontada la cuesta.

Pronto empezó a dejar de oírse el algarabío de la plaza, reemplazado por los tenues y suaves ruidos de la naturaleza. Los cascos del caballo resonaban en la calzada de piedra mientras remontaban una cuesta. Las casas comenzaban a ser más escasas conforme llegaban al final de vecindario. Se cruzaron con algunas personas que parecían lugareños, seguramente de vuelta de la ciudad de Bree, que estaría a una media hora de camino, que, obviamente, Scian no tenía intención de realizar a pie.

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Tras un rato de aburrida conversación con su montura, se distinguió en la distancia la no escasa concentración de edificios que conformaban el asentamiento de Bree. Era un lugar bastante activo, más bien agitado para su gusto, de ahí el hecho de que dejara una habitación cómoda aunque pequeña en uno de los niveles superiores del centro de la ciudad, para mudarse a un lugar más apartado y tranquilo. Estaba en un cruce de caminos, factor que favorecía su prosperidad, ya que mercaderes y viajeros se detenían allí con bastante frecuencia.

Incluso había un número aceptable de medianos, quienes habían llegado a intercalarse, no sin llamar la atención por su corta estatura, con la gente del lugar. Su naturaleza era agradable por lo general, aunque reservada (ya resultaba extraño encontrar hobbits fuera de La Comarca). Tras cruzar la puerta sur, cambió de lugar la bolsa del dinero, introduciéndola en uno de los bolsillos interiores del jubón, junto al pecho, donde notaba constantemente el bulto. No estaba de más ser un poco desconfiado, pues conocía bastante bien los gajes de su oficio. A la vez, hacía avanzar al caballo entre la multitud, que salía y entraba por la puerta controlados por un integrante de la milicia local, intentando casi en vano que el tránsito fuera fluido.

Como pudo, Scian condujo a su caballo cuesta arriba, dándole golpecitos tranquilizadores en el cuello para evitar que se asustara con los estridentes golpes que se oían a la izquierda, donde unos leñadores reducían a piezas enormes troncos, mientras un mozo las apilaba. Dejó atrás la plaza central, virando a la derecha en dirección al Pony Pisador, la famosa posada regentada por Cebadilla Mantecona. El servicio era aceptable y necesitaba tener el estómago lleno antes de enfrentarse al desorden habitual que encontraría en el anticuario, y paciencia para intentar encontrar interés en algún volumen nuevo, si tenía la suerte dar con uno. Siguió en su ascenso, cruzándose con todo tipo de desconocidos que seguían sus sencillas vidas.

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Por fin vio el cartel que, en parte, había estado añorando desde que entró en la ciudad. La cocina y cerveza del Pony Pisador atraían a un número considerable de viajeros que estaban de paso, y llegando a acomodarse de tal forma que luego dejar Bree les resultaba difícil. Seguramente, se regalaría con una buena comida, y dependiendo de cómo estuviera su ánimo, quizá pasaría la noche allí en el caso de que hubiera que celebrar algún hallazgo de importancia.

Se dirigió hacia los establos de la posada, donde un mediano, que parecía despistado, le pidió las riendas del caballo. Así pues, dejó el caballo al hobbit, de pelo castaño y pies peludos, cuyo nombre desconocía, que se encargaba de las tareas de mozo de cuadra, imaginando si controlaría al animal en caso de emergencia, pero su mente no se demoró mucho más en esos menesteres.

Entró y buscó la mesa de siempre, lo suficientemente cerca de la chimenea y lo suficientemente lejos de las posibles conversaciones estridentes. Había algunos clientes dispersos, casi todos ellos disfrutando de un refrigerio para abrir el apetito antes de la comida, pero el ambiente era tranquilo para el habitual alboroto que solía reinar en la sala común. No pasó mucho tiempo antes de que otro hobbit, este con un delantal no demasiado sucio y una sonrisa afable, se acercase a darle la bienvenida y atenderle. Había cierta tranquilidad en la posada, pero algo le decía que era temporal. Veinte minutos después, cuando apuraba el estofado de ternera y patatas, la gente comenzó a llegar y aglomerarse, lo que le apresuró para pagar, y dirigirse con calma a donde tenía que ir.

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Dio una propina al mozo de cuadras, mientras le prometía que volvería luego a por su montura, y desandó el camino que había hecho, virando a la derecha en una pequeña plaza, e internándose en el núcleo de la ciudad, donde los edificios de madera se amontonaban en un caos ordenado de varias plantas, con pequeñas pasarelas que conectaban sectores, niveles, todo ello sostenido por una base de piedra. El anticuario estaba en la parte superior de una de estas secciones, pero se accedía a él por una escalera desde el nivel del suelo. Sin embargo, no había cartel ni leyenda que señalara o anunciara donde se encontraba el establecimiento, aun así no era necesario: quien necesitaba encontrarlo lo conseguía. No tardó en estar frente a la puerta que daba acceso a la escalera, y cuando se disponía a tirar del pomo, casi le golpeó en la nariz, pero sus reflejos no le fallaron, como de costumbre. Dio un pequeño salto hacia atrás, evitándola.

Un elfo no demasiado alto (era de su misma estatura), con postura solemne, abrió durante un segundo los ojos de par en par al encontrarse al desconocido de sopetón. Sus rasgos resultaban especiales, aunque estaban más o menos disimulados por una capucha que le embozaba hasta la nariz. Se disculpó levemente con la cabeza, y comenzó a alejarse. Scian advirtió que llevaba una vara de madera adornada, la cual llevaba colgada a la espalda y no parecía usar para apoyarse, ya que no cojeaba, y una espada de tamaño medio inclinaba el cinturón hacia el lado derecho. Parecía demasiado pomposo aún así, con una túnica púrpura que no le serviría de gran ayuda si quería pasar desapercibido, si es que sus orejas picudas, aun ocultas, no eran ya suficiente razón para llamar la atención.

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Sacudiendo la cabeza, subió las escaleras despacio, mientras a su nariz llegaba el familiar y polvoriento olor a biblioteca. La verdad es que allí se sentía cómodo a pesar de todas las quejas que tenía del establecimiento. El dueño le recibió con una sonrisa y le estrechó la mano: a los clientes habituales había que tratarlos bien. El hombre tenía la cabeza completamente rapada, y vestía un jubón sencillo un poco arrugado, aunque el tejido con que se había confeccionado denotaba buena calidad.

-¿Qué hay de nuevo? He visto que tienes nuevos y exóticos clientes, o aún mejor, proveedores. Habrá venido a traer material nuevo, ¿no? -le preguntó Scian afablemente, pero con un deje burlón.

-Algo dejó, pero más bien vino a consultar... -respondió.- Creo que te va a interesar.

-Más te vale que no sean cuentos de viejas, como siempre...

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Actualizado 28/01/2012 a las 20:53 por [ARG:5 UNDEFINED]

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